
Sí, ya sé que el titular de esta reflexión es un tanto extraño, pero cuando la ministra de Familia, Damares Alves, de un país grande y un gran país, como Brasil, es capaz de decir que los hombres violan a las niñas porque no llevan bragas porque son pobres, ¡¡toda una ministra!!, ¡¡de la familia!!…, una no deja de ponerse las manos en la cabeza al ver a qué nivel de degradación están llegando los partidos políticos ultraconservadores en ya demasiados países, empezando por España y la verruga que nos ha salido con VOX. Partido al que, se le ha dado cancha en instituciones y gobiernos, solamente para que otros partidos ambiciosos de poder, puedan ocupar el mismo, con unas tragaderas que les ocupan el cuerpo entero, a pesar de que VOX niegue de forma persistente y contumaz la violencia de género.
El problema sobre el concepto de lo que es una mujer para un hombre, viene de muy, muy lejos, desde que a las mujeres se las invisibilizó en el hogar adjudicándoles el rol de la maternidad y el cuidado de los miembros más débiles de la familia, crianza y dependientes, convirtiendo a la mujer en un objeto de uso y consumo a todos los efectos, siempre desde la dominación del varón-macho en todos los aspectos de la cotidianeidad hasta llegar, en tantas ocasiones a ser un objeto de usar y tirar (asesinar, cuando ésta deja de ser obediente y sumisa). Y esto crea un campo inmenso de crueles y casi infinitas consecuencias.
Acabo de leer una novela autobiográfica de Laura Freixas, titulada “A mí no me iba a pasar”, 2019, y la autora nacida en 1958, muy implicada en la literatura de la igualdad, etc. Título muy ilustrativo porque se trata de una mujer actual, en un país aparentemente concienciado, con un movimiento de mujeres muy potente, con leyes para la igualdad, pero un mundo en el que todos y todas respiramos un aire muy, muy, pero que muy tóxico desde que nacemos y por el que ella terminó intoxicada de forma inconsciente, poquito a poco y trago a trago. Hasta que se hartó y pisó el acelerador sin mirar atrás. Y es que a los niños se les adjudica un rol social y a las niñas otro diferente. Los niños ven, respiran y aspiran la masculinidad como dato identificativo diferente y superior al de las mujeres. Hablo de roles, no de genes.
El masculinismo lleva consigo muchas cuestiones tóxicas para hombres y mujeres, como dice Miguel Lorente, es un postmachismo, un machismo adaptado a los nuevos tiempos, donde se camufla el machismo de siempre con eufemismos aparentemente inofensivos. Podéis ampliar conocimientos, si lo deseáis, en el libro de colaboraciones varias titulado “Masculinidades igualitarias y alternativas”, de Tirant Humanidades, 2019.
Es decir, el masculinismo aparenta cambiar algo, pero las cosas siguen igual: el acceso de los hombres a la vida pública con dedicación exclusiva, aunque la mujer también trabaje fuera de casa, o la brecha salarial, o la violencia doméstica contra las mujeres; para la mujer las tareas de la casa, cuidar de los miembros de la familia dependientes, que incluyen un sinfín de lo que se ha dado en llamar micromachismos, muy bien sistematizados por Luis Bonino Méndez (se puede ver en Google) y que hasta que no los ves, somos incapaces de imaginarlos. Todos ellos están en “la atmósfera” social en la que nacemos, crecemos y nos educan.

Volvamos a los países más occidentales, también llamados “civilizados”, en los que no se llegan a estos extremos, no permitidos por las leyes y rechazados por la sociedad, pero en los que las mujeres siguen siendo tratadas por amplios sectores sociales como objetos muy útiles que satisfacen muchas necesidades familiares, algunas de las cuales ya las he mencionado.
Nos centramos ahora en la mujer como objeto sexual. Decía una persona muy querida para mí y que ya nos dejó: “si hubiera un agujerito en las casas por donde pudiéramos ver la intimidad de las personas, nos llevaríamos unas tristísimas sorpresas”.
Pero comencemos por los lugares fuera del hogar, la prostitución. Se dice que después del negocio de las armas y de las drogas, la prostitución es el tercer gran negocio a nivel mundial. Mujeres engañadas, secuestradas, maltratadas, explotadas, al servicio de machos que van a satisfacer sus necesidades sexuales y que ni se preguntan el porqué esas mujeres están sometidas sin contemplación humanitaria alguna a los deseos de los hombres que allí acuden, y a la servidumbre de sus proxenetas. No pensemos que a los prostíbulos solamente acuden hombres socialmente pervertidos, no, no, son hombres “normales”, a donde van desde el prestigioso político, el respetado médico, el considerado empresario, al venerable padre de familia, el sagrado cura u obispo que pueden camuflarse entre los otros hombres como si nada., y que nadie hace nada por estas mujeres.
Veamos el tema de la pederastia y la pedofilia, esta sí, bastante concentrada en el clero, aunque a nivel familiar es más general de lo que podemos imaginar por parte de padres, de tíos o de abuelos.
Volviendo a lo del agujerito en el hogar y en la intimidad de la alcoba, es un tema tabú del que no se habla y me refiero a cuántas mujeres tienen que aguantar lo que antes se nos decía como “el débito conyugal”, y que ahora decimos que la mujer soporta o sufre relaciones sexuales totalmente insatisfactorias o forzadas para no crear problemas de pareja, calla y aguanta.
¿Alguien se cree que todos esos niños y niñas que vemos en brazos de mujeres refugiadas o migrantes han sido buscados por el deseo de placer de la mujer? ¿Alguien puede imaginarse la inmensidad de hombres de nuestro entorno que piensan que la mujer experimenta el placer automáticamente sólo porque para ellos sí es automático en una relación sexual? ¿Os imagináis cuántos hombres desconocen por completo la erótica femenina, incluso después de largos matrimonios? ¿Cuántos hombres excluyen la ternura y las caricias, porque ellos van a lo que van? Igual que los animales. Pues yo sí me los imagino, porque sé por distintas fuentes de información directas e indirectas que es así. La mujer es un mero objeto de satisfacción sexual para el varón y, en demasiadas ocasiones, sin preocuparles ni ocuparles el placer de la mujer y sin respetar su negativa.
No hace tantos años que por estos lares se dictaban sentencias absolutorias para un hombre porque la empleada del jefe y violador llevaba minifalda, y más próximo todavía la sentencia de la manada de Pamplona, en la que uno de los jueces decía que la chica se lo estaba pasando bomba con cinco machos encima y hasta diez violaciones vía genital, anal y bucal. Perdón por ser tan explícita, pero es hora ya de hablar claro y llamar a las cosas por su nombre. Y le dictaron una sentencia compasiva, pobrecitos, porque la culpa había sido de esa chica de 18 años. A la que, además les quitaron el teléfono para que no pudiera pedir auxilio.
¿Se va entendiendo ahora la causa de las violaciones de niñas según la ministra brasileña? Y yo me pregunto si le habrá pasado por la cabeza de esta mujer, aunque dudo que tenga un cerebro mínimamente sano, y si, a su vez, los machos que violan a las niñas por no llevar bragas, también carecen de un cerebro humano, que capacita a los machos para decidir con conciencia y con ética y con respeto la libertad de una mujer, cosa que no puede hacer una niña, porque ni las niñas ni las mujeres somos objetos sexuales. Esta señora ministra de Brasil y quien la ha puesto en ese cargo, deberían ser encerrados en un siquiátrico de por vida, o hasta que consigan un nivel elemental de humanidad, y si no, a la selva con los animales.
Es cierto que esta ministra es la punta del iceberg de una situación que está en nuestro entorno, con más frecuencia de la que imaginamos. La causa de tantos abusos y violaciones, según el machismo y la ministra de familia brasileña, es la víctima (en este caso por no llevar bragas). Pues no y mil veces no, la causa está en las perversas cabezas de los y las (como esta ministra) machistas, y violadores.

Ana Rodrigo pertenece a las Comunidades Cristianas Populares de Granada,
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